Oh príncipe del atardecer! Mosquetero de pluma y letras, valiente a la hora de ver morir rosas entre tus manos.
Águila blanca que sobrevuela el nido revuelto de mis pesadillas más terrenales y algunos perdidos sueños con sabor a sal y miel.
Espadachín apuesto, cabellos de oro, armadura de piel desnuda, sonando a melodías secretas sobre la carne de tus batallas.
Tiende tu capa de terciopelo sobre la gramilla…
toma mi mano, de rodillas me aferraré al mármol blanco de tu figura.
Es la hora del silencioso pecado, el momento de la entrega. He visto florecer especies nuevas en cada caricia, en el vértice de la insolencia, entre mis piernas aladas, en el tic tac de dos corazones sin tiempo.
Oh caballero amante! Por tierra caen los pudores y los pudorosos mandatos que desconoces. Soy una pequeña esclava del placer, agitando mi pelo en los insaciables galopes de tu caballo azul.
Detén el tiempo ahora mismo… en las magnolias que se desarman sobre tu rostro sediento y caigan por tus mejillas, las estrellas cómplices de una mirada profunda, salvaje, a la hora del amor.
Ni doncella, ni santa… enferma de deseo, espero en la oscuridad de lo prohibido tu espada destellando el fuego sagrado de la vida!
No dejes que el tiempo corra. Detente dentro de mi para siempre! detente a combatir la hipocresía de una rosa sin espinas vestida de princesa, con aroma a mujer y pensamientos tan ardientes, como el dragón de tu vientre.
Flor, suspiro de vida que nace en la grieta de un muro roto. Asomas tu inocencia esclavizada por los vientos y soles robados.
Vibras o tiemblas? Pequeña flor blanquecina, con algunos pétalos menos sonriendo a tu manera como el de quien nace a pesar de todo.
Acaso Dios se equivocó contigo? O nos está diciendo en uno de sus tantos idiomas, que somos una semilla más de su generoso granero.
Cuerpos dispersos por los desiertos, los valles, las montañas y almas atrapadas entre las rejas de los prejuicios, la indiferencia, las manos del opresor, la libertad coartada.
Pequeña flor… nadie elige su cuna. Nadie decide cuando la tormenta asomará en los silencios putrefactos de las gargantas temerosas.
Nadie detiene el tiempo, los momentos de gloria, la desdicha, la serenidad de los sepulcros, la algarabía de una casa con niños.
Flor silvestre… como criatura de la calle. Deslucida para los ojos peregrinos. La mariposa aún no ha visto tus colores y es aquí donde comprendo.
Voy personalmente
en busca de mi alma, que seguro reposa en la dócil gota que desvanece alguna sed pasajera.
Ambas regresamos a ti, con tierra fértil, con una vasija amplia y cómoda para tus sueños de margarita extraviada.
Imagino que sonríes, imagino que desconocías tu breve estadía en este mundo roto donde fuiste a caer.
Roto por el hombre, por mí, por la desidia, el orgullo, la avaricia. Dios no se equivocó contigo… Él ha sembrado ternura en mi jardín.
Pequeña flor… Siendo tan frágil y menuda, me has enseñado simplemente, a vivir.